Escuchar es hablar
Llegué a Cusco después de un viaje largo. Me levanté a las cuatro de la mañana y salí cuando el cielo todavía estaba oscuro. El cuerpo protestó enredando el estómago con el alma.
Al caminar por la ciudad, veo turistas que van y vienen, ocupando los espacios de la gente local que conversa, ríe y reniega. Es con esos gestos que el lugar se siente vivo. Los espacios se transforman constantemente, se vuelven acogedores para algunos, y ajenos o excluyentes para otros.
La ruta hacia los espacios rurales me recuerda la fuerza de la vida comunitaria. Los cerros se levantan como guardianes y los animales caminan por las calles como parte del paisaje cotidiano. Por las noches, el frío obliga a quedarse dentro y el silencio se vuelve profundo. Cuando la comunidad sube a las chacras, el pueblo parece detenerse y las puertas se cierran firmes hasta su regreso.
Allí conocí a mujeres con manos curtidas por el trabajo, capaces de sostener herramientas pesadas durante horas. Mujeres que han criado solas, que han enfrentado la ausencia del Estado, la precariedad económica y, muchas veces, el abuso y el silencio.
"La psicología que aprendimos en las aulas no alcanza para comprender sus realidades. Porque el dolor que viven no es individual, es colectivo."
La psicología que aprendimos en las aulas no alcanza para comprender sus realidades. Porque el dolor que viven no es individual, es colectivo. ¿Cómo hablar de bienestar cuando hay hambre, violencia o abandono? ¿Cómo sanar solas lo que es una herida comunitaria?
La gente conversa, observa, se cuida. Se prestan animales, se ayudan a cargar, se acompañan en las dificultades. En los espacios rurales son pocas las personas que pasan de largo sin tender la mano. Con poco abren las puertas de sus casas con generosidad. No sin cautela, porque el conflicto armado dejó heridas que todavía laten en la memoria; de familiares desaparecidos o amistades que no volvieron.
A veces una melancolía profunda me abraza. Quiero transformar muchas cosas, aunque sé que no estoy para salvar a nadie. Junto a otros decidí acompañar, escuchar y caminar.
Hace poco, una señora me dijo:
“Tienes paciencia para escuchar y hablar”.
Las palabras son tesoros y escuchar es su mapa. En medio del cansancio, el frío y las dudas, me reafirmo en el sentido del trabajo comunitario. Escuchar es cuidarnos y acompañarnos es una forma de resistencia colectiva.
